Del Consejo de 1866 al Senado de hoy: la historia de la segunda cámara de Egipto
Hace más de siglo y medio, el jedive Ismail creó la primera asamblea representativa del Egipto moderno. Del Senado de la Constitución de 1923 al Consejo de la Shura de Sadat y la cámara restaurada de hoy, recorremos la trayectoria de la segunda cámara en la experiencia constitucional egipcia: creada, suprimida y revivida a lo largo de tres épocas distintas.

Cuando los egipcios hablan de su experiencia parlamentaria, hablan de una de las más antiguas fuera de Europa y las Américas: hace más de siglo y medio, en 1866 concretamente, el jedive Ismail creó el «Consejo Consultivo de Diputados», el primer órgano representativo de la historia del Egipto moderno, y con él arrancó una historia larga y accidentada en la que la segunda cámara ha escrito capítulos notables.
El consejo de 1866 estaba integrado por setenta y cinco miembros elegidos a través de los notables locales y los alcaldes de aldea, y sus competencias eran estrictamente consultivas. Aun así, sembró la idea de que el país tenía una voz que debía escucharse en sus propios asuntos. Conforme se agravaba la crisis financiera y crecía la injerencia extranjera, el consejo se convirtió en tribuna de reivindicaciones nacionales audaces, una marea que alcanzó su cima con el movimiento de Urabi y su exigencia de un gobierno responsable ante los diputados.
Tras la ocupación británica de 1882, la vida parlamentaria quedó constreñida durante décadas: el país hubo de conformarse con órganos de atribuciones limitadas, el último de ellos la Asamblea Legislativa, constituida poco antes de la Primera Guerra Mundial y suspendida al estallar esta. La reivindicación de una constitución y un parlamento plenos siguió viva, sin embargo, en el movimiento nacional hasta que estalló la revolución de 1919.
La Constitución de 1923, fruto de aquella revolución, levantó el primer parlamento egipcio completo, de dos cámaras: una Cámara de Diputados elegida en su totalidad y un Senado que combinaba miembros electos con otros designados por el rey, y que exigía a sus integrantes una edad mayor y una posición pública reconocida o un requisito de renta, según el modelo entonces habitual en las cámaras altas de todo el mundo.
A lo largo de la era liberal, entre 1923 y 1952, el Senado acogió a algunas de las figuras más destacadas del pensamiento y la política y fue escenario del pulso del célebre triángulo: el Wafd, con la mayoría popular; el palacio real, y la autoridad de ocupación británica. Los parlamentos se disolvieron con frecuencia y las constituciones se suspendieron, pero la vida parlamentaria se mantuvo pese a todo como una tradición arraigada en el Estado egipcio.
La revolución de julio de 1952 puso fin por completo al orden anterior: se derogó la Constitución de 1923 y se disolvieron los partidos existentes. Cuando la vida parlamentaria regresó con la Constitución de 1956, lo hizo con una sola cámara, la Asamblea Nacional, y el sistema unicameral se mantuvo durante toda la época naserista y los años inmediatamente posteriores.
Las reformas constitucionales de 1980, bajo la presidencia de Anuar el Sadat, recuperaron la idea de una segunda cámara con el «Consejo de la Shura»: dos tercios de sus miembros electos y un tercio designado, competencias consultivas en los grandes asuntos y, además, un papel de supervisión de las instituciones periodísticas nacionales a través del Consejo Supremo de Prensa.
Durante casi tres décadas, el Consejo de la Shura vivió bajo un debate permanente sobre su utilidad, hasta que llegó su momento excepcional tras la revolución de enero de 2011: en virtud de la Constitución de 2012 y después de la disolución de la Asamblea del Pueblo, la potestad legislativa le correspondió por entero durante un periodo transitorio, de modo que se convirtió por primera vez en su historia en un legislador efectivo, antes de ser disuelto en 2013 y suprimido por completo por la Constitución de 2014, con lo que Egipto volvió al sistema unicameral.
La ausencia no se prolongó esta vez: las reformas constitucionales aprobadas en el referéndum de 2019 devolvieron la segunda cámara con su viejo nombre de la época monárquica, el Senado, cuyas primeras elecciones se celebraron en 2020. Lo componen trescientos miembros, un tercio de ellos designados, con competencias consultivas que abarcan las reformas de la Constitución, el plan general de desarrollo, los tratados y los proyectos de ley que se le remiten.
La comparación de las tres experiencias —el Senado de 1923, el Consejo de la Shura de 1980 y el Senado de 2020— revela un hilo conductor nítido: una cámara pensada para la reflexión sosegada y la experiencia, que combina siempre elección y designación, y que deja la última palabra legislativa en manos de la cámara baja, elegida en su totalidad, por más que los contextos políticos de cada época difieran de forma evidente.
El debate sobre el bicameralismo es mundial y no afecta solo a Egipto: sus partidarios ven en él una válvula de revisión y control, además de la representación de saberes e intereses que las urnas generales no producen necesariamente; sus críticos ven una ralentización del trabajo legislativo y un coste añadido. En la experiencia egipcia, el juicio depende en última instancia de lo que la cámara aporte realmente en estudios y dictámenes capaces de dejar huella en los textos definitivos.
Así, cuando los senadores de hoy ocupan sus escaños, prolongan —en el nombre y en la idea— una historia que comenzó hace más de ciento cincuenta años con el Consejo Consultivo de Diputados, pasó por la Constitución de 1923 y la Shura de Sadat, y mantiene a la segunda cámara como testigo de los meandros del recorrido constitucional egipcio desde el siglo XIX.
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