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Cada gota cuenta: ¿por qué ahorrar agua se ha convertido en una cuestión de supervivencia para Egipto?

Un país desértico que vive de un solo río y donde la cuota de agua por habitante está por debajo del umbral mundial de pobreza hídrica: no es el lenguaje de informes lejanos, sino la realidad cotidiana de Egipto. Por qué el ahorro de agua se ha convertido en la causa de cada hogar, granja y fábrica, y qué puede hacer cada uno de nosotros.

La redacción·Publicado 18 de agosto de 2026·7 min de lectura
ترعة ريّ تشق ظهيراً رملياً في الفيوم، وخلفها حقول خضراء ونخيل تمتد حتى الأفق
Saja4869 / Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0)

Egipto es, en su esencia geográfica, un desierto atravesado por un río. Más del 95 % de su territorio es tierra árida y cerca del 97 % de sus recursos hídricos renovables proceden de una sola fuente, el río Nilo, cuyas aguas nacen en su mayor parte fuera de las fronteras y recorren miles de kilómetros antes de llegar. Ese hecho, tan simple, es la clave para entender por qué hablar del ahorro de agua en Egipto ha dejado de ser un lujo ambiental para convertirse en una cuestión de seguridad nacional y de supervivencia.

Las grandes cifras están asentadas y documentadas: la cuota egipcia de las aguas del Nilo quedó fijada en el acuerdo de 1959 en 55.500 millones de metros cúbicos al año, prácticamente la misma cuota desde hace más de sesenta años, mientras la población se multiplicaba una y otra vez hasta superar los cien millones de habitantes. La aritmética no deja escapatoria: la disponibilidad de agua por habitante ha caído hasta cerca de la mitad del umbral mundial de pobreza hídrica, situado en 1.000 metros cúbicos anuales, lo que coloca oficialmente a Egipto en la franja de la escasez de agua.

Las presiones se acumulan año tras año: un crecimiento demográfico que suma millones de bocas cada pocos años; un cambio climático que amenaza con elevar las temperaturas, aumentar la evaporación y alterar las lluvias en las fuentes del Nilo; y los proyectos de presas en los países de cabecera, que han vuelto más apremiante la pregunta del agua en la conciencia pública egipcia. Todo ello ahonda con el tiempo la brecha entre unos recursos fijos y unas necesidades crecientes, salvo que cada gota se administre con criterio.

Para entender adónde va el agua basta un solo dato: la agricultura consume la mayor parte de los recursos hídricos de Egipto, estimada en tres cuartas partes o más. Por eso, cualquier conversación seria sobre el ahorro empieza en el campo y no en el grifo: el riego por inundación, heredado desde hace milenios, pierde volúmenes enormes por evaporación y filtración, y convertir una parte de ese derroche en ahorro equivale a crear recursos hídricos enteramente nuevos.

El Estado se ha movido en esa dirección con grandes proyectos documentados: un programa nacional de rehabilitación y revestimiento de canales de riego extendido a lo largo de miles de kilómetros para reducir las pérdidas por filtración y mejorar la llegada del agua a las colas de los canales; programas de conversión del riego por inundación al riego moderno, por goteo y aspersión, en superficies muy amplias; y políticas agrícolas que limitan la extensión sembrada con cultivos ávidos de agua, con el arroz a la cabeza, y fomentan variedades menos consumidoras y de maduración más rápida.

Junto al ahorro, Egipto ha apostado con fuerza por la reutilización del agua: ha levantado plantas gigantescas para tratar las aguas de drenaje agrícola y devolverlas al ciclo productivo. La más destacada, la planta de Bahr El-Baqar, figura entre las mayores instalaciones de tratamiento del mundo y abastece amplios proyectos de recuperación de tierras en el Sinaí, junto a otras grandes plantas que sirven a los proyectos del Nuevo Delta. La gota que antes se perdía en los drenajes se trata ahora y vuelve a regar la tierra por segunda vez.

En la costa, el país amplía la desalación de agua de mar para cubrir las necesidades de agua potable de las ciudades costeras y de los complejos turísticos, lo que libera volúmenes del Nilo que hasta ahora se transportaban hasta esas zonas a lo largo de grandes distancias. La desalación es cara en energía, pero en el cálculo estratégico alivia al río de cargas que otros pueden soportar, y es una inversión cuyo coste desciende en todo el mundo a medida que avanza la tecnología.

¿Y dónde queda el ciudadano en todo esto? El consumo doméstico puede parecer pequeño frente al de los campos, pero a escala de millones de hogares es un río entero. Un grifo que gotea desperdicia por sí solo miles de litros al año; una cisterna averiada hace lo mismo; las duchas interminables, lavar el coche con la manguera o baldear las aceras con agua potable son hábitos que agotan lo que no podemos permitirnos perder. Reparar las fugas, instalar aireadores ahorradores en los grifos y cerrar el grifo durante la ablución o al lavarse los dientes: pequeños gestos que, sumados, se vuelven enormes.

Hay una cara más profunda del ahorro en la que rara vez reparamos: el agua oculta en nuestra comida. Cada pan y cada plato consumieron agua real para llegar a la mesa, y tirar comida es desperdiciar dos veces el agua que la produjo. Reducir lo que pasa de la mesa a la basura y comprar solo lo necesario es una conducta hídrica sensata tanto como una conducta económica sensata.

La conciencia sigue siendo el puente entre las políticas y los comportamientos. La escuela que enseña a sus niños que una gota es riqueza; la mezquita y la iglesia que recuerdan que la tradición religiosa prohíbe expresamente derrochar el agua, aunque se tome de un río que corre; los medios que convierten el ahorro en cultura y no en campaña de temporada: todos son socios de una batalla que no gana ninguna ley por sí sola ni ningún proyecto por sí solo.

Hace veinticinco siglos, el historiador griego Heródoto dijo que Egipto era un don del Nilo, y acertó. Pero el don del río ya no se entrega sin cuentas: el río que fundó una civilización pide hoy a sus hijos que lo administren con la cabeza de quienes han comprendido que cada gota cuenta. Ahorrar, al final, no es privarse del agua, sino la única garantía de que siga existiendo: para nosotros, para nuestros hijos y para quienes se asomen a estas orillas dentro de cien años.

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