El pan «aish» subvencionado: ¿cómo funciona el programa de subsidios más antiguo de Egipto?
Los egipcios llaman al pan «aish», es decir, la vida misma. De las cartillas de racionamiento a los silos de trigo y los hornos de barrio, explicamos cómo funciona el sistema de subsidio al pan del que se benefician más de sesenta millones de egipcios, y por qué la humilde hogaza ha sido durante décadas el asunto más delicado del presupuesto y de la política del país.

En el árabe egipcio el pan no se llama «jubz», como en la mayor parte del mundo árabe, sino «aish», es decir, la vida misma. La palabra resume todo lo que significa el pan redondo baladi en la vida de los egipcios: para millones de familias, el pan subvencionado que se compra por un precio simbólico es la base de la comida diaria y uno de los renglones más delicados del presupuesto del Estado.
Las subvenciones alimentarias en Egipto se remontan a la Segunda Guerra Mundial, cuando el Estado empezó a controlar el suministro de productos básicos; el sistema se amplió mucho en las décadas siguientes hasta abarcar, en los años setenta, una amplia cesta de bienes. En enero de 1977, el intento del Gobierno de recortar las subvenciones al pan y a otros artículos desató disturbios generalizados que solo se calmaron cuando se dio marcha atrás, un episodio que enseñó a todos los gobiernos posteriores el peso político del pan.
Hoy el sistema se apoya en las cartillas de racionamiento, conocidas como tarjetas tamwin, expedidas a los hogares registrados: cada persona inscrita tiene derecho a una cuota diaria de panes baladi subvencionados —cinco al día por persona, según la asignación vigente desde hace muchos años—, que compra en panaderías autorizadas por una fracción del coste de producción, y el Estado abona a las panaderías la diferencia.
El alcance del programa es enorme: las cifras oficiales sitúan desde hace años el número de beneficiarios por encima de los sesenta millones de personas, alrededor de seis de cada diez egipcios, y en él participan decenas de miles de panaderías repartidas por todo el país, lo que lo convierte en una de las mayores operaciones de subvención alimentaria del mundo.
El precio del pan subvencionado permaneció congelado en cinco piastras desde finales de los años ochenta, pese a todo lo ocurrido con el valor de la libra y con los costes de producción, hasta que el Gobierno lo elevó en 2024 a veinte piastras, la primera subida en unos treinta y cinco años, subrayando que el pan seguía estando muy por debajo de su coste real. Ese desfase, de decenas de miles de millones de libras al año, lo asume el Tesoro público.
Detrás de cada pan hay una cadena de suministro que empieza lejos de Egipto: el país es uno de los mayores importadores de trigo del mundo, porque la cosecha local solo cubre una parte de la demanda nacional. El Estado compra trigo mediante licitaciones internacionales y a los agricultores egipcios a precios de entrega anunciados cada temporada, lo almacena en una red de silos muy ampliada en los últimos años y luego lo muele para obtener la harina de alta extracción con la que se elabora el pan baladi.
A mediados de la década pasada llegó una reforma decisiva: las tarjetas inteligentes sustituyeron a los documentos de papel y las panaderías pasaron a cobrar por vía electrónica por los panes efectivamente despachados, y no por la harina recibida, lo que redujo de forma apreciable las filtraciones y el desperdicio. Además, un sistema de puntos permite a las familias canjear la parte de su cuota de pan que no consumen por otros alimentos en los puntos de venta subvencionados.
Con todo, la exposición del sistema a los mercados internacionales sigue siendo una debilidad permanente: los saltos de los precios mundiales del trigo —los más bruscos, los que siguieron a la guerra en Ucrania y a la alteración de las exportaciones del mar Negro— encarecen la factura de las importaciones, y los movimientos del tipo de cambio multiplican la presión. Por eso la capacidad de almacenamiento, la diversificación de los proveedores y el aumento de las compras locales se tratan como asuntos de seguridad nacional en el sentido pleno de la palabra.
Los economistas debaten desde hace tiempo sobre el futuro de la subvención: un sector defiende una focalización más precisa que garantice que la ayuda llegue a quienes más la necesitan y alivie la carga presupuestaria; otro advierte de la dificultad administrativa de esa criba y ve en el acceso universal al pan una válvula de seguridad social que no tiene precio. Cada cierto tiempo asoman propuestas de sustituir la ayuda en especie por transferencias en efectivo, sin que se haya zanjado nada hasta ahora.
El pan tiene además en Egipto un peso cultural anterior a cualquier ministerio: los egipcios llevan miles de años horneando panes redondos, las escenas de las tumbas antiguas representan los hornos y a sus trabajadores, y el pan baladi que hoy se come desciende en línea directa de esa tradición, desde la época faraónica hasta las mesas actuales.
Sea cual sea la forma que adopte la próxima reforma, los datos de fondo no cambiarán pronto: una población que crece, un pan sobre el que se sostiene la alimentación de la mayoría y un compromiso del Estado que la experiencia histórica ha afianzado. Entender cómo funciona el sistema del pan es entender buena parte de cómo funciona la propia economía egipcia.
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