El Cairo islámico y copto: un museo al aire libre de Bab al-Futuh a la Iglesia Colgante
Pocas ciudades pueden pasear a su visitante por mil años de arquitectura en un solo recorrido. El Cairo histórico, inscrito en la Lista del Patrimonio Mundial desde 1979, lo consigue: de la calle al-Muizz y sus mezquitas a las iglesias del Viejo Cairo y la sinagoga Ben Ezra, junto con la historia de una restauración que devolvió la vida a la piedra.

Pocas ciudades pueden llevar a su visitante a través de mil años de arquitectura en una sola tarde. El Cairo histórico sí puede. Desde su inscripción en la Lista del Patrimonio Mundial de la Unesco en 1979, reúne una de las concentraciones de monumentos medievales más densas del mundo: mezquitas, madrasas, iglesias, una sinagoga, puertas de la ciudad, casas de mercaderes y fuentes públicas, todavía en pie en medio de barrios llenos de vida. Los egipcios suelen hablar de dos barrios, El Cairo islámico y El Cairo copto, pero conviene entenderlos como un único museo al aire libre y continuo, cuyas capas están separadas por los siglos y no por las murallas.
El momento fundacional de la ciudad islámica llegó en el año 969, cuando el general fatimí Yawhar trazó para el califa al-Muizz li-Din Allah una nueva capital amurallada y la llamó «al-Qahira», el nombre que la ciudad lleva hasta hoy. En pocos años la urbe recién nacida tuvo su gran mezquita, al-Azhar, convertida con el tiempo en uno de los centros de enseñanza más antiguos del mundo en funcionamiento ininterrumpido. El Cairo no fue la primera capital islámica de Egipto, pero sí la que acabó absorbiendo a todas las anteriores.
La columna vertebral de aquella ciudad fatimí sigue en pie en la calle al-Muizz, que va desde Bab al-Futuh, al norte, hasta Bab Zuweila, al sur. A lo largo de casi un kilómetro, la calle pasa junto a edificios de las épocas fatimí, ayubí, mameluca y otomana, alineados hombro con hombro; por eso suele describirse como uno de los mayores conjuntos al aire libre de arquitectura islámica medieval que existen. Recorrerla es lo más parecido a pasar las páginas de la historia de El Cairo a pie de calle.
Los monumentos recompensan la mirada lenta. El complejo del sultán Qalawun, de finales del siglo XIII, reunió en una sola fachada un mausoleo con cúpula, una madrasa y un hospital: la asistencia pública medieval tallada en piedra. La pequeña mezquita fatimí de al-Aqmar exhibe algunas de las fachadas de piedra decoradas más antiguas de la ciudad abiertas a la calle. Y el sabil-kuttab de Abd al-Rahman Katjuda es una invención puramente cairota: abajo, una fuente que reparte agua gratis; arriba, una escuela coránica que reparte enseñanza gratis. Muy cerca, la casa de Bayt al-Suhaymi conserva una imagen viva de cómo vivían en realidad las familias acomodadas.
Al sur de todo esto, y más antiguo que la propia ciudad fatimí, se extiende el Viejo Cairo. Su núcleo es la fortaleza de Babilonia, levantada por los romanos en un punto estratégico del Nilo siglos antes de la conquista árabe. Dentro de sus torres conservadas y a su alrededor creció el barrio que los egipcios llaman El Cairo copto: iglesias, un monasterio, una sinagoga y, hoy, el Museo Copto. Pisar piedras romanas bajo iglesias medievales es vivir la estratigrafía real de la ciudad: El Cairo no borró lo que le precedió, se asentó encima.
Las iglesias guardan la memoria del barrio. La Iglesia Colgante, al-Muallaqa, debe su nombre a haber sido construida suspendida sobre una de las puertas de la fortaleza romana. La iglesia de los santos Sergio y Baco, conocida como Abu Serga, alberga una cripta que la tradición copta vincula con el paso de la Sagrada Familia por Egipto. La iglesia de Santa Bárbara conserva finas tallas de madera medievales. Y la sinagoga Ben Ezra alcanzó fama mundial gracias a la «Gueniza», la cámara de documentos desechados cuyo estudio abrió una ventana sin igual a la vida mediterránea medieval.
A pocos minutos a pie se levanta la mezquita de Amr ibn al-As, fundada en el siglo VII en Fustat y recordada como la primera mezquita de Egipto y de África; se reconstruyó muchas veces, pero su emplazamiento nunca dejó de ser un lugar de oración. La cercanía es lo esencial: en unos pocos cientos de metros, el visitante puede estar en una mezquita de los primeros tiempos del islam, en iglesias de los siglos cristianos de Egipto y en una sinagoga de su comunidad judía. Los cairotas llaman a esto «el complejo de las religiones», y es la identidad de la ciudad en miniatura.
El museo al aire libre se extiende más allá de los dos barrios. La mezquita de Ibn Tulun, del siglo IX, con su alminar helicoidal y su patio inmenso, es una de las más antiguas de la ciudad que siguen cerca de su forma original. La madrasa del sultán Hassan, del siglo XIV, es la arquitectura mameluca monumental en su versión más audaz. Sobre ambas se alza la Ciudadela de Saladino, coronada mucho después por la mezquita de Mohamed Alí, de estilo otomano, cuyas cúpulas y esbeltos alminares dibujan el perfil de El Cairo. Cada época añadió una capa y ninguna borró la anterior.
Esa supervivencia no estaba garantizada: es el fruto de una larga historia de restauración. En la primera década de este siglo, un gran proyecto estatal rehabilitó la calle al-Muizz: se renovaron las infraestructuras bajo la calzada, se limpiaron y consolidaron fachadas y monumentos, se restringió el tráfico de vehículos en favor de los peatones y se diseñó una iluminación nocturna que muestra los monumentos después del ocaso. La calle reabrió como museo al aire libre gestionado, y el proyecto se convirtió en un modelo: conservar el patrimonio en El Cairo significa arreglar el alcantarillado y el cableado tanto como restaurar la piedra.
Otro capítulo llegó de la mano de la Fundación Aga Khan para la Cultura, que convirtió una colina de escombros acumulados durante siglos en el borde de la ciudad en el parque de al-Azhar, inaugurado en 2005. Las obras sacaron a la luz un largo tramo enterrado de la muralla ayubí de El Cairo, que fue excavado y restaurado, y el proyecto se extendió al vecino barrio de Darb al-Ahmar, combinando la conservación de monumentos con la rehabilitación de viviendas y la formación en oficios artesanos. En el Viejo Cairo, entretanto, el Museo Copto, fundado en 1908 para custodiar el patrimonio del Egipto cristiano, fue renovado por completo y reabrió en 2006.
Lo que hace único a El Cairo histórico es que nunca se convirtió en un museo en el sentido congelado de la palabra. La gente vive, comercia, reza y toma té entre los monumentos, y los artesanos siguen golpeando el cobre en callejones que sus oficios ocupan desde hace generaciones. Esa es su grandeza y ese es su dilema, porque la conservación en una ciudad habitada debe servir a sus vecinos y no desplazarlos. Para el visitante las reglas son sencillas: vístete con recato, pide permiso antes de fotografiar a la gente y recuerda que el barrio es la casa de quienes viven en él. La recompensa es una ciudad que te deja tocar mil años con la mano.
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