Taha Hussein: el niño ciego que llegó a decano de las letras árabes y convirtió la educación en un derecho «como el agua y el aire»
Un niño ciego de una aldea del Alto Egipto acabó siendo el «decano de la literatura árabe». Y cuando llegó al Ministerio de Instrucción Pública transformó su lema —«la enseñanza es como el agua y el aire»— en el decreto de gratuidad de la enseñanza secundaria de 1950. Una trayectoria que le dice a cada lector que el saber es un derecho de ciudadanía y no un privilegio de clase. ¿Cómo la construyó un hombre que nunca vio la luz?

Imagina una pequeña aldea cerca de Maghagha, en la provincia de Minia, a finales del siglo XIX: sin electricidad, sin médico, sin más enseñanza que un kuttab donde los niños memorizan el Corán. Allí nació Taha Hussein en 1889 y allí perdió la vista siendo un niño, cuando sus ojos enfermos fueron tratados con remedios populares por gente que no sabía nada de medicina. La historia podría haber terminado ahí, como terminaron las de miles de niños a los que la pobreza se tragó sin dejar rastro. Pero fue precisamente ese muchacho ciego quien llegaría a ser el decano de la literatura árabe y quien, décadas más tarde, firmaría un decreto que abriría las puertas de la escuela secundaria a todos los hijos de Egipto.
La ceguera no fue solo una tragedia personal en la vida de aquel hombre: fue su primera lección sobre el significado de la ignorancia y su precio. Sus ojos no sucumbieron a un mal ante el que la ciencia se rindiera; sufrieron una simple oftalmía y los arruinó un tratamiento ignorante. Esa verdad, sencilla y despiadada, habitaría toda su obra: la ignorancia no es falta de información, sino un peligro que arranca los ojos y malgasta vidas enteras. De ahí se entiende por qué Taha Hussein jamás trató la educación como un lujo cultural, sino como una cuestión de vida o muerte.
En el kuttab el niño memorizó el Corán entero y demostró que su memoria era más afilada que la vista de sus compañeros. Después lo llevaron, todavía muchacho, a El Cairo para ingresar en Al-Azhar, donde vivió años de estudio a la vieja usanza: círculos de memorización, repetición y comentarios sobre comentarios. Pero su mente inquieta no aceptaba recibir sin preguntar: se hartó de la enseñanza memorística y algunos de sus jeques se hartaron de él. Aquellas preguntas incómodas fueron el primer anuncio de un crítico que nacía y el primer choque entre él y una enseñanza que exigía obediencia antes que comprensión.
Entonces llegó el momento que cambió su rumbo por completo: la apertura de la Universidad Egipcia en 1908. Se matriculó desde sus primeros días y se sentó a escuchar saberes que no eran habituales en los círculos de estudio que había conocido: historia, civilizaciones, métodos modernos de investigación. En 1914 obtuvo el primer doctorado que aquella universidad concedía en su historia, dedicado a Abu al-Alaa al-Maarri. Y la elección no fue casual: otro ciego que asedió a su época con la inteligencia, como si el estudiante invidente escribiera sobre su maestro lejano para decir que la ceguera no impidió a ninguno de los dos ver más lejos que nadie.
Viajó después becado a Francia, de Montpellier a la Sorbona de París, y allí libró una batalla diaria y silenciosa: una lengua extranjera aprendida de oído y unas fuentes que solo podía leer con los ojos de otros. Dominó el francés, se empapó de los métodos de investigación occidentales y obtuvo en la Sorbona un doctorado sobre Ibn Jaldún. Allí conoció también a Suzanne, la joven francesa que leía para él hasta convertirse en sus ojos y, más tarde, en su esposa y compañera de toda la vida. En esa historia hay una lección que no vale menos que los títulos: el talento por sí solo no basta; detrás de cada ascenso hay una mano que sostuvo a otra mano y un círculo pequeño que creyó en alguien antes de que lo hiciera el mundo.
Regresó a Egipto como profesor universitario y en 1926 desató su batalla intelectual más peligrosa con el libro «Sobre la poesía preislámica»: aplicó el método de la duda a los versos atribuidos a la época anterior al islam y sostuvo que buena parte de ellos eran apócrifos, compuestos mucho después. Se armó un escándalo mayúsculo: campañas en la prensa, tumulto en el Parlamento y denuncias que llegaron hasta la Fiscalía. La investigación acabó archivada, al considerarse que el hombre era un investigador que exponía una opinión científica y no un infractor que buscara ofender; una decisión que se convirtió en un hito en la historia de la libertad de investigación en Egipto. Corrigió el libro y lo reeditó con el título «Sobre la literatura preislámica», pero el mensaje ya había llegado: la universidad es un lugar para preguntar, y a las ideas se responde con ideas, no con tribunales.
En esos mismos años empezó a publicar «Los días», la autobiografía que escribió sobre sí mismo en tercera persona: un niño ciego en una aldea olvidada que palpa las paredes, atesora las voces y memoriza lo que los videntes no consiguen memorizar. Con ese libro se educaron generaciones enteras de escolares y fue traducido a varias lenguas como una de las primeras autobiografías modernas escritas en árabe. Pero léelo hoy con otros ojos: no solo como alta literatura, sino como un documento sobre la privación educativa y sobre un niño que rompió el círculo porque una sola puerta se abrió ante él. La pregunta que el libro deja suspendida sobre la cabeza de cada lector es esta: ¿cuántos talentos como el suyo murieron porque la puerta nunca llegó a abrirse?
Cuando llegó a decano de la Facultad de Letras entró en una batalla de otro tipo, cuyo título era la dignidad de la universidad. A comienzos de los años treinta se negó a que se concedieran doctorados honoris causa por cortesía a los hombres de la política, y pagó el precio: fue apartado de la universidad bajo el gobierno de Sidqi. Perdió el cargo, pero no la posición; siguió escribiendo y resistiendo hasta que, años después, volvió a su puesto con la cabeza más alta. Y la lección va más allá de su persona: la independencia de las instituciones educativas no es una comodidad administrativa, sino la primera condición para que de ellas salga una ciencia respetable y un graduado capaz de mirar de frente.
Después vino el libro que convirtió al pensador en autor de un proyecto de Estado: «El futuro de la cultura en Egipto», de 1938. Lo escribió tras el tratado de 1936, obsesionado por una sola pregunta: ¿de qué sirve la independencia si con ella no construimos al ser humano? Su respuesta fue tajante: primero la educación, porque la enseñanza es tan necesaria para la vida como el agua y el aire, y el Estado tiene el deber de ofrecerla a todos sus hijos, no de vendérsela a quien pueda pagarla. La frase no era un adorno retórico, sino un programa de acción completo: escuelas con sitio para todos, una lengua árabe enseñada con métodos modernos y universidades repartidas fuera de la capital.
Y en enero de 1950 se le presentó la oportunidad que rara vez se le concede a un pensador: someter sus ideas a la prueba de la ejecución. Asumió el Ministerio de Instrucción Pública en el gobierno del Wafd, convirtió el lema en decreto y proclamó ese mismo año la gratuidad de la enseñanza secundaria, con su célebre divisa por bandera: la educación es como el agua y el aire, un derecho de todo ciudadano. Solo permaneció en el cargo unos dos años, pero aquella decisión abrió a los hijos de campesinos y obreros el camino de las escuelas y, después, de las universidades, y cambió el rostro de la clase instruida egipcia durante las décadas siguientes. Así se miden las políticas de verdad: no por el ruido de su anuncio, sino por el número de puertas que abren a quien no tiene respaldo ni padrinos.
Su compromiso con la gente humilde no fue solo un lema ministerial: fue la materia misma de su literatura. En «La llamada del alcaraván», «El árbol de la miseria» y «Los atormentados de la tierra» escribió sobre los pobres, los oprimidos y las víctimas de la ignorancia y la enfermedad; tanto que «Los atormentados de la tierra» resultó incómodo para la censura de la época y apareció por primera vez fuera de Egipto. La literatura, para él, no era un ornamento de salón, sino un alegato permanente en favor de quienes no tienen a nadie que los defienda. De ese hilo se entiende la unidad de su proyecto: la novela, el artículo y el decreto ministerial eran armas de una misma batalla contra la privación.
Taha Hussein murió el 28 de octubre de 1973, pocos días después del alto el fuego de la guerra de Octubre, como si se hubiera negado a marcharse mientras el país no viviera un momento de orgullo. Había sido candidato al Premio Nobel más de una vez, llevaba sin discusión el título de decano de la literatura árabe y sus libros se tradujeron en Oriente y en Occidente. Pero su verdadero monumento no es una estatua ni una calle con su nombre: es cada niño que entra en una escuela pública sin que su padre pague el pupitre, y cada estudiante llegada de una aldea remota que hoy ocupa su sitio en un aula universitaria.
¿Y qué te llevas tú de esta historia? Llévate tres cosas prácticas. Primera: pon «Los días» en manos de tus hijos, porque no hay en nuestra biblioteca lección más elocuente sobre que las circunstancias no son un destino definitivo. Segunda: trata la educación en tu casa como el agua y el aire, porque es una inversión que no se parece a ninguna otra: acompaña a su dueño allá donde vaya y nadie puede arrebatársela; y defiéndela como un derecho de ciudadanía cada vez que oigas a alguien presentarla como un favor o una mercancía. Tercera: recuerda que ni la discapacidad ni la pobreza fueron el final del camino cuando hubo una puerta abierta y una mano que sostenía; sé tú la puerta o la mano para quienes te rodean, porque por una puerta así entró un niño ciego del Alto Egipto y salió convertido en decano de la literatura árabe.
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