La Liga Árabe: la casa de los árabes cuyas ventanas dan a la plaza Tahrir
A unos pasos de la plaza Tahrir se alza «la casa de los árabes»: una de las organizaciones regionales más antiguas del mundo, nacida en El Cairo antes que la propia Carta de la ONU. ¿Cómo funcionan sus cumbres y su secretaría? ¿Por qué sus resoluciones solo obligan a quien las acepta? ¿Y cuál es la historia del traslado a Túnez y del posterior regreso? Un recorrido por dentro de un viejo vecino ante el que pasamos cada día sin apenas conocerlo.

Detente un momento en el corazón de la plaza Tahrir, da la espalda al bullicio y levanta la mirada hacia el edificio solemne que se asoma a la vez a la plaza y al Nilo. Esa es la sede de la Liga de los Estados Árabes, o «la casa de los árabes», como los egipcios se acostumbraron a llamarla. Bajo sus ventanas pasan cada día miles de pasos apresurados rumbo al metro, al museo y a las paradas, y rara vez alguien se pregunta al pasar: ¿qué ocurre detrás de esa piedra? En esos salones se reunieron reyes y presidentes, se proclamaron posturas que sacudieron la región, se enterraron disputas y se reavivaron otras. La paradoja es que muchos de nosotros nos sabemos la plaza palmo a palmo y de este viejo vecino no conocemos más que el nombre.
Quédate con un primer dato que sirve para cualquier tertulia: la Liga Árabe es una de las organizaciones regionales más antiguas del mundo aún en activo y, sin discusión, la más veterana de nuestro entorno. Su carta fundacional se firmó en El Cairo el 22 de marzo de 1945, meses antes de que naciera ese mismo año la propia Carta de las Naciones Unidas. Siete países pusieron la primera piedra: Egipto, Siria, Líbano, Irak, Transjordania, Arabia Saudí y Yemen. Y los fundadores añadieron a la carta un anexo dedicado a Palestina, para dejar claro desde el primer día que la causa no era un asunto ajeno, sino un punto permanente en la agenda de la casa. Así, los árabes se adelantaron años a la Europa unida en la idea de una organización regional que los reuniera a todos.
Pero el comienzo real fue meses antes y en otra ciudad egipcia. En el otoño de 1944, los representantes de los gobiernos árabes se reunieron en Alejandría, tras largas consultas encabezadas por el primer ministro egipcio Mustafa el-Nahas con los líderes árabes, y salieron de allí con un documento preliminar: el «Protocolo de Alejandría». El texto dibujó los rasgos de la casa antes de levantarla: una liga de Estados independientes y plenamente soberanos, no una unión donde se diluyeran las fronteras ni un gobierno superior que mandara y prohibiera. Fíjate bien en la secuencia: una ciudad egipcia acogió el borrador y una ciudad egipcia acogió la firma.
Y elegir El Cairo como sede permanente no fue casualidad ni cortesía. Egipto era entonces el país árabe más poblado y el corazón cultural, periodístico, artístico y educativo de la región: de allí salían graduados los estudiantes árabes, allí se imprimían los libros y los diarios que leían el Mashreq y el Magreb, y en sus teatros y sus pantallas se moldeaba un gusto árabe compartido. Geográficamente, además, se alzaba justo en la bisagra entre las dos alas del mundo árabe, la asiática y la africana. Política, geografía y cultura coincidieron en una misma dirección, y era natural que en la puerta de la casa se escribiera: El Cairo.
¿Y cómo se gobierna esta casa por dentro? La columna vertebral es el Consejo de la Liga, que reúne a todos los Estados miembros y suele congregarse a nivel de ministros de Exteriores en dos periodos ordinarios de sesiones al año, con la posibilidad de convocarse de forma extraordinaria cada vez que se enciende un expediente. Por encima está la cumbre: la reunión de reyes y presidentes, cuya primera edición se celebró en El Cairo en 1964 por invitación del presidente Gamal Abdel Nasser y que, con el cambio de milenio, pasó a ser una cita periódica fija. Bajo esos dos niveles se despliega una red de consejos ministeriales especializados en economía, información, salud y otros ámbitos. Quien mueve la maquinaria a diario es la Secretaría General: funcionarios y diplomáticos que preparan las reuniones, redactan las resoluciones y custodian la memoria de la institución.
Y aquí llegamos a la clave que falta en casi todos los debates. El artículo 7 de la carta lo dice sin rodeos: lo que el Consejo aprueba por unanimidad obliga a todos los Estados; lo que aprueba por mayoría solo obliga a quien lo acepta. Lee la frase dos veces, porque explica décadas de reproches por las «resoluciones sin aplicación». La Liga nunca fue diseñada para ser un gobierno por encima de los gobiernos, sino para proteger la soberanía de cada miembro incluso frente a la voluntad de sus hermanos. Así que cuando oigas que la Liga «ha decidido» algo y luego nadie se mueve, ten presente que no se trata necesariamente de una avería sobrevenida: es el diseño original de la casa desde 1945.
Eso no significa que la casa esté desarmada. La Liga sacó adelante muy pronto el Tratado de Defensa Conjunta y Cooperación Económica de 1950, otorgó a Palestina un asiento entre sus miembros y creó a lo largo de las décadas organismos especializados en educación, cultura y ciencia, en trabajo, en desarrollo agrícola y en otros campos. Es además la única sala en la que todos los árabes se sientan a una misma mesa por enconadas que estén las rencillas, una tribuna para unificar posiciones cuando hay voluntad y un mediador discreto en numerosas disputas cuyas noticias jamás llegan a los titulares. Su valor real está en ser un marco siempre disponible, que se debilita o se fortalece en la medida en que sus dueños lo alimentan.
En el otro platillo está lo que la Liga no puede hacer, por mucho que lo deseemos. No tiene un ejército permanente a sus órdenes, ni un tribunal que juzgue a un Estado miembro y ejecute su sentencia, ni un parlamento electo que legisle para todos, ni un mecanismo de sanciones que fuerce al reticente a cumplir. Compárala con la Unión Europea, que levantó después instituciones vinculantes para sus socios, y entenderás la diferencia entre un club de coordinación entre gobiernos y una unión cuyos miembros ceden voluntariamente una parte de su soberanía. La Liga eligió desde el principio el primer camino, y por eso el techo de sus decisiones es el techo de lo que aceptan sus miembros: ni más, ni menos.
Como la sede está en El Cairo, desde el inicio se impuso la costumbre de que la Secretaría General recayera en un diplomático egipcio. El primero fue Abdel Rahman Azzam, «Azzam Bajá», que tomó las llaves en 1945; le siguieron Abdel Jalek Hassuna y Mahmud Riad. Tras una única excepción en la que nos detendremos enseguida, la línea egipcia se restableció: Esmat Abdel Meguid, después Amr Musa —muy conocido por el gran público a comienzos del milenio—, luego Nabil el-Araby y, desde 2016, Ahmed Abul Gheit. Ocho nombres resumen ocho décadas; siete de ellos, egipcios.
La excepción, en cambio, pertenece a uno de los capítulos más espinosos de la historia árabe contemporánea. Tras la firma del tratado de paz entre Egipto e Israel en 1979, los países árabes decidieron suspender la membresía egipcia y trasladar la sede de la Liga a Túnez, y por única vez la Secretaría General quedó en manos de alguien que no era egipcio: el tunecino Chedli Klibi. Una década entera con la casa que mira a Tahrir casi en silencio, y con la impulsora de la idea y anfitriona de la sede fuera de su propio hogar. Después la rueda giró: Egipto recuperó su asiento a finales de los ochenta y la sede volvió a El Cairo en 1990. La lección de aquella etapa es que los inquilinos pueden enfadarse con la casa y abandonarla, pero su dirección original acaba pesando más que la disputa.
Desde su fundación, la casa fue ganando habitaciones. Empezó con siete países y creció a medida que los territorios árabes alcanzaban la independencia uno tras otro, hasta estabilizarse en veintidós miembros; los últimos en incorporarse fueron las Comoras, en los años noventa. También ha conocido la congelación de asientos: la membresía de Siria quedó suspendida durante largos años después de 2011, hasta que el país recuperó su silla en 2023. La lección se repite siempre: los asientos pueden quedar vacíos un tiempo, pero no se suprimen, porque aquí la pertenencia se parece más a un lazo de parentesco que a un contrato rescindible.
Y ahora, el provecho que te toca directamente: ¿cómo leer con inteligencia una noticia sobre la Liga Árabe? Hazte tres preguntas antes de entusiasmarte o de burlarte. ¿Quién asistió a la reunión y a qué nivel? No es lo mismo la presencia de los jefes de Estado que la de los delegados. ¿La resolución salió por unanimidad o por mayoría? Solo la unanimidad obliga a todos. ¿Y tiene la resolución un mecanismo de aplicación y una financiación claros, o es una simple declaración de postura? Imagina a dos lectores ante la misma noticia: uno se queda en el titular y se indigna o aplaude; el otro pasa la noticia por las tres preguntas y sabe exactamente cuánto pesa el papel que tiene entre manos. Sé el segundo.
La próxima vez que cruces la plaza Tahrir, dedícale a ese edificio una mirada más larga de lo habitual. Detrás de esas ventanas hay ocho décadas de intentos árabes de sentarse juntos: éxitos discretos que no dan titulares, fracasos ruidosos que todo el mundo conoce y la memoria completa de una región que no descansa. La Liga no es el gobierno de los árabes ni lo fue nunca, pero es la única mesa que sigue puesta desde 1945, por mucho que hayan cambiado quienes se sientan alrededor. Conoce sus límites y no le exijas aquello para lo que no fue construida; conoce su valor y no menosprecies una casa que ha seguido habitada durante todas estas décadas. Y recuerda que una de las organizaciones regionales más antiguas del mundo no está en Bruselas ni en Ginebra, sino a unos pasos de una estación de metro que conoces perfectamente.
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