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Del vapor Helwan a los octavos de final: noventa años de Egipto en el Mundial

Solo cuatro participaciones en nueve décadas: una travesía por mar hasta Nápoles en 1934, el verano de Italia 90, la decepción de Rusia 2018 y, por fin, el verano de 2026, cuando Egipto superó la fase de grupos por primera vez en su historia. Una lectura serena de lo que cambió cada vez, lejos del arrebato del momento, y con la corrección del marcador de 1934 en el que fuentes extranjeras siguen equivocándose hasta hoy.

La redacción·Publicado 9 de septiembre de 2026·7 min de lectura
من باخرة «حلوان» إلى دور الستة عشر: تسعون عامًا من رحلة مصر مع كأس العالم
Анна Нэсси (Anna Nessi) / Wikimedia Commons (CC BY-SA 3.0)

Imaginemos a una madre en una casa de Egipto, en el verano de 1934, de pie en el balcón despidiendo a su hijo, que se dirige al puerto con una maleta pequeña. No viajaba por trabajo ni por estudios, sino para jugar al fútbol en Italia, en un torneo llamado Copa del Mundo del que pocos habían oído hablar en la hara, la callejuela del barrio. El hecho documentado son cuatro días a bordo de un vapor llamado Helwan, según relató décadas más tarde la cadena deportiva estadounidense ESPN a partir del testimonio del portero Mustafa Kamel Mansour. Cuatro días de mar, después la ciudad de Nápoles y después Hungría, una de las selecciones más fuertes de Europa en aquel tiempo.

Egipto no había llegado allí por casualidad. En marzo y abril de ese mismo año la selección disputó una eliminatoria a doble partido contra el equipo de Palestina bajo el Mandato británico: ganó 7-1 en El Cairo y luego 4-1 fuera de casa. Así, Egipto se convirtió en la primera selección de África y de todo Oriente Próximo en alcanzar la fase final de un Mundial, muchas décadas antes de que el resto del continente encontrara el camino hacia este torneo.

El 27 de mayo de 1934 Egipto se enfrentó a Hungría en Nápoles. El torneo empezaba entonces directamente por los octavos de final: un solo partido que eliminaba al perdedor y mantenía en pie al ganador. Los húngaros se adelantaron con dos goles, y entonces ocurrió lo que se contaría en los hogares egipcios durante decenas de años: Abdulrahman Fawzi, la estrella del Al-Masry de Port Said que ese mismo año se había marchado al Zamalek, marcó dos goles en pocos minutos y devolvió el empate al marcador antes del descanso. Se convertía así en el primer jugador africano en marcar en la historia de los Mundiales. El partido terminó con derrota de Egipto por 4-2, y ese es el resultado que consta en los registros de la FIFA, la federación internacional; sin embargo, el propio reportaje de la cadena estadounidense del que tomamos el testimonio del portero lo da, erróneamente, como 4-3.

La historia de 1934 no está completa sin el testimonio del portero Mustafa Kamel Mansour, tal como lo recogió la cadena estadounidense: cuenta que un delantero húngaro se le estrelló con las rodillas en el pecho, que un codazo le rompió la nariz y que Fawzi marcó un tercer gol que el árbitro anuló por fuera de juego. Hoy no tenemos manera de comprobar ese gol anulado: que sepamos, no existen imágenes ni grabaciones completas del partido. Pero el testimonio en sí forma parte del relato: una selección que viajó por mar, que terminó su partido con el portero con la nariz rota y que volvió a su país con su nombre escrito en una línea imborrable de la historia de este deporte.

Luego la puerta se cerró durante cincuenta y seis años. Una guerra mundial, una revolución, guerras sucesivas, boicots y retiradas, y las circunstancias de un fútbol africano al que se concedía, para todo el continente, una o dos plazas. La generación de los abuelos que vio marcar a Fawzi en Nápoles envejeció y se fue, y llegó la generación de los padres, que nunca vio a Egipto en un Mundial, hasta que Italia volvió a aparecer en el verano de 1990.

Quien recuerda aquel verano recuerda el televisor en color que no había en todas las casas y a los vecinos que se reunían en la de quien lo tenía. Dirigida por el entrenador Mahmoud El-Gohary, Egipto jugó en un grupo con los Países Bajos, entonces campeones de Europa, Inglaterra e Irlanda. Empató 1-1 con los Países Bajos, con un gol de penalti de Magdi Abdelghani; empató 0-0 con Irlanda y perdió 1-0 ante Inglaterra. Tres partidos, dos puntos y una eliminación en la fase de grupos sin ninguna derrota abultada. No fue una hazaña en términos futbolísticos, pero para toda una generación fue la primera vez que veía la bandera de su país en ese torneo, y el gol de Abdelghani se repitió en las pantallas durante veintiocho años.

Otros veintiocho años de espera. Generaciones de grandes jugadores llegaron y se fueron sin conseguirlo, y una sucesión de títulos africanos no compensó la ausencia del Mundial. Hasta que llegó Rusia 2018, y con ella una estrella como Egipto no había conocido nunca en Europa, Mohamed Salah, y un entrenador argentino, Héctor Cúper. Las esperanzas eran más altas que nunca, y en junio de aquel año las calles estaban engalanadas con banderas como si el torneo se celebrara en El Cairo.

Pero la historia resultó amarga. Egipto perdió ante Uruguay con un gol en los últimos minutos, luego ante Rusia, la anfitriona, por 3-1, y luego ante Arabia Saudí por 2-1. Salah marcó los dos únicos goles egipcios y la selección volvió sin un solo punto. Quien vivió aquellos días recuerda el silencio que cayó sobre los cafés tras el tercer partido, y la sensación de que la larga espera se había cambiado por una decepción breve y punzante. Y sin embargo había allí una lección silenciosa: llegar ya no bastaba.

Después llegó el verano de 2026, con un torneo ampliado a cuarenta y ocho selecciones repartidas entre tres países de Norteamérica. Egipto quedó encuadrado en el grupo G con Bélgica, Irán y Nueva Zelanda. La participación comenzó el 15 de junio con un empate 1-1 ante Bélgica, siguió con una victoria por 3-1 sobre Nueva Zelanda el día 21 y con otro empate 1-1 ante Irán el día 26. Cinco puntos de tres partidos sin derrota y, por primera vez en toda su historia, Egipto superaba la fase de grupos de un Mundial.

Lo nuevo no fue solo pasar de ronda, sino lo que vino después. En los dieciseisavos de final, a principios de julio, Egipto se enfrentó a Australia; el partido terminó 1-1 tras la prórroga y se decidió en la tanda de penaltis por 4-2. Quien vio aquella noche sabe que la calle egipcia no durmió, y que el estruendo de bocinas que solíamos oír tras los títulos africanos se oyó por primera vez por un partido de un Mundial.

En los octavos de final el rival fue Argentina, la vigente campeona. Egipto perdió 3-2, y aquí nos limitamos al resultado documentado sin entrar en los nombres de los goleadores ni en el detalle de los minutos, porque no son el objeto de esta lectura. Lo que importa es que Egipto, que en 1934 cayó en su primer partido y en 1990 y 2018 en la fase de grupos, esta vez cayó en octavos de final ante el campeón del mundo por un solo gol de diferencia.

¿Qué cambió entre las cuatro participaciones? Cambió casi todo. En 1934 los jugadores viajaron cuatro días por mar; en 2026 jugaron un torneo que se retransmitía instante a instante en los teléfonos de la gente. En 1934 el torneo tenía dieciséis selecciones y Egipto era la única de todo un continente; en 2026 eran cuarenta y ocho, y la cuota del continente había subido a nueve plazas directas más una décima a través de la repesca intercontinental, de modo que participaron diez selecciones africanas. Entre una y otra cambió el profesionalismo, cambiaron los cuerpos de los jugadores y cambió un público que ya no se conformaba con estar, sino que exigía seguir adelante.

Pero una cosa no ha cambiado: la manera en que estos partidos entran en las casas de los egipcios. Una abuela cuenta un partido que no vio, sino que le contó su padre; un padre le habla a su hijo del gol de Abdelghani sabiendo que el niño no entenderá por qué un empate con los Países Bajos fue un acontecimiento; y un hijo contará algún día a sus hijos la tanda de penaltis contra Australia. En Egipto la historia del fútbol se cuenta de viva voz antes de escribirse, y el lector tiene derecho a encontrarla escrita completa, con sus fechas y sus resultados, lejos del ruido del momento.

Y cuando la semana que viene esté sentado en el café y oiga a alguien decir que Egipto «no ha hecho nada en el Mundial», podrá hablarle del vapor Helwan, de un portero con la nariz rota, de un jugador de Port Said que marcó el primer gol africano de la historia y de los más de noventa años que necesitó el país para superar la fase de grupos. Cuatro participaciones en nueve décadas no son muchas, pero bastan para saber que el viaje no empezó en el verano de 2026 y que, con toda probabilidad, tampoco terminará ahí.

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